Un lugar donde…

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Un lugar donde los sueños no tienen límites, en el que escuchar violines, gritar sin voz y dejar un alma volar libre. Un rincón de paz donde no es necesario cerrar los ojos para imaginar, donde las mejores melodías las proporciona el silencio y el amanecer es eterno. Donde el frío sólo se ve y lo único que se siente es el sol calentando cada latido del corazón. Un lugar donde la soledad no tiene peso y los reflejos no devuelven el dolor. Allí donde no se acaba nada, allí donde se empieza todo.

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Tocó con las manos su sueño inalcanzable

Comienzas a caminar mirando el horizonte, plenamente consciente de la inmensa curvatura de la Tierra, con energía suficiente como para seguir en marcha durante años, sin descanso. Inevitablemente te toparás con el mar en el camino, y este obstáculo no podrás salvarlo a nado. No pasa nada, siempre puedes pedir ayuda y un buen barco que te haga navegar de puerto en puerto viviendo las mejores (y también las peores) experiencias que te aporta el destino.

Habrá fuerzas que te empujen, otras que te frenen, voluntades por las cuales impedirás que accione mi gatillo, cuerdas que te mantengan pendiente de un abismo inmenso. Como nunca fue suficiente que contaras hasta 10, una vez pones el pie en tierra firme basta con que avances 20 pasos y sabrás que has encontrado tu sitio.

Todas esas horas invertidas en fabricar mil grullas de papel te han servido para algo más que para verlas volar en direcciones desconocidas. Casi echas raíces tan profundas como ese bosque en el que te encuentras, donde los árboles mueren de pie y los pájaros siempre encuentran un motivo por el que cantar. Olvídate de tus putos prejuicios y echa a volar como ellos, sabes que sólo es cuestión de principios y de tu capacidad para soñar.

Se acabó, ya nadie jugará con tu ilusión como si fuera una muñequita de trapo, estás tocando con tus manos ese sueño inalcanzable que alguien describió en el libro de quién. Esto sólo ha sido el principio, que te vaya bien de ahora en adelante y quede siempre en el recuerdo mi verano azul, nuestro verano.

Noche

Camino sola, por una calle pobremente iluminada por la luz tenue de las farolas que hacen sus últimos esfuerzos por cumplir su misión. Acelero el paso cuando siento crujir el suelo detrás de mí, y mi oído se agudiza como si fuera un doble sentido.

Abandono el callejón y miro hacia atrás: no consigo ver a nadie, seguro que algún animal nocturno me ha asustado. Sigo caminando y observando por si me encuentro con alguien. No me gustan los desconocidos, pero reconozco su importancia para el funcionamiento del ciclo de la vida. Parece que no hay nadie a esta hora, en la que la mayoría de los mortales duermen. Sólo algún vehículo se lanza a lo largo de la avenida de doble sentido, que a primera hora de la mañana sufrirá un ruidoso atasco.

Finalmente vislumbro una persona justo al doblar la esquina. Se trata de un hombre que camina a unos 5 metros por delante de mí con paso ligero. Me detengo y lo observo en silencio: no parece peligroso. Consigo alcanzarlo y cuando estoy casi a su altura, tropiezo ‘accidentalmente’ y se vuelve para prestarme su ayuda.

Le digo que estoy bien, no sin mostrarme un poco a la defensiva. Ha debido de notarme asustada, pues el desconocido intenta tranquilizarme bromeando sobre la situación. Le confieso que me da un poco de miedo volver a casa sola de noche, porque vivo en las afueras y puede ser peligroso. Parece captar el doble sentido de mis palabras y se ofrece a acompañarme si así me siento más segura.

Paseamos en dirección a mi casa, a pesar de ser noche cerrada no hace demasiado frío. No nos cruzamos con nadie en todo el camino. Cuando llegamos a la puerta del jardín, mi amable acompañante se para en seco. Me mira, se ríe y me pide que abandone la broma. Insisto en que entre en mi casa, y le invitaré a algo. Cuando capta que no bromeo, se da media vuelta y se dispone a salir corriendo, pero ya es tarde.

Lo sujeto del brazo con una fuerza brutal y lo atraigo hacia mí. Me lanzo a su cuello, clavo mis colmillos profundamente y bebo sangre caliente. Abro la puerta del cementerio y entro en casa. Empieza a amanecer, es hora de acostarme, no tengo hambre, y sobre todo, ya no tengo miedo.

vampiresa

La influencia de la telefonía móvil en la literatura

Mi tío me ha hecho llegar un artículo que me ha parecido interesante, y sirve para reflexionar un rato.

Escrito por Hernán Casciari, autor de la obra Más respeto que soy tu madre, el relato invita a pensar qué hubiera sido de la literatura si siempre hubieran existido los teléfonos móviles. De hecho, el aparatito ya está presente en todo lo que se escribe haciendo referencia a nuestros días, forma parte de la rutina y se traslada también a las novelas y al cine por mucha ficción que trate.

El celular de Hansel y Gretel

Anoche le contaba a mi hijita Nina un cuento infantil muy famoso, el de Hansel y Gretel de los hermanos Grimm.
En el momento más tenebroso de la aventura, los niños descubren que unos pájaros se han comido las estratégicas bolitas de pan, un sistema muy simple que los hermanitos habían ideado para regresar a casa. Hansel y Gretel se descubren solos en el bosque, perdidos, y comienza a anochecer.

Mi hija me dice, justo en ese punto de clímax narrativo: ‘No importa. Que lo llamen al papá por el celular’.

Yo entonces pensé, por primera vez, que mi hija no tiene una noción de la vida ajena a la telefonía inalámbrica. Y al mismo tiempo descubrí qué espantosa resultaría la literatura -toda ella, en general- si el teléfono móvil hubiera existido siempre, como cree mi hija de cuatro años.
Cuántos clásicos habrían perdido su nudo dramático, cuántas tramas hubieran muerto antes de nacer, y sobre todo qué fácil se habrían solucionado los intríngulis más célebres de las grandes historias de ficción.

Piense el lector, ahora mismo, en una historia clásica, en cualquiera que se le ocurra. Desde la Odisea hasta Pinocho, pasando por El viejo y el mar, Macbeth, El hombre de la esquina rosada o La familia de Pascual Duarte. No importa si el argumento es elevado o popular, no importa la época ni la geografía.
Piense el lector, ahora mismo, en una historia clásica que conozca al dedillo, con introducción, con nudo y con desenlace.
¿Ya está?

Muy bien. Ahora ponga un celular en el bolsillo del protagonista. No un viejo aparato negro empotrado en una pared, sino un teléfono como los que existen hoy: con cobertura, con conexión a correo electrónico y chat, con saldo para enviar mensajes de texto y con la posibilidad de realizar llamadas internacionales cuatribanda.

¿Qué pasa con la historia elegida? ¿Funciona la trama como una seda, ahora que los personajes pueden llamarse desde cualquier sitio, ahora que tienen la opción de chatear, generar videoconferencias y enviarse mensajes de texto? ¿Verdad que no funciona un carajo?.

Nina, sin darse cuenta, me abrió anoche la puerta a una teoría espeluznante: la telefonía inalámbrica va a hacer añicos las viejas historias que narremos, las convertirá en anécdotas tecnológicas de calidad menor.

Con un teléfono en las manos, por ejemplo, Penélope ya no espera con incertidumbre a que el guerrero Ulises regrese del combate.
Con un móvil en la canasta, Caperucita alerta a la abuela a tiempo y la llegada del leñador no es necesaria.

Con telefonito, el Coronel sí tiene quién le escriba algún mensaje, aunque fuese spam.
Y Tom Sawyer no se pierde en el Mississippi, gracias al servicio de localización de personas de Telefónica.
Y el chanchito de la casa de madera le avisa a su hermano que el lobo está yendo para allí.
Y Gepetto recibe una alerta de la escuela, avisando que Pinocho no llegó por la mañana.

Un enorme porcentaje de las historias escritas (o cantadas, o representadas) en los veinte siglos que anteceden al actual, han tenido como principal fuente de conflicto la distancia, el desencuentro y la
incomunicación. Han podido existir gracias a la ausencia de telefonía móvil.

Ninguna historia de amor, por ejemplo, habría sido trágica o complicada, si los amantes esquivos hubieran tenido un teléfono en el bolsillo de la camisa. La historia romántica por excelencia (Romeo y Julieta, de Shakespeare) basa toda su tensión dramática final en una incomunicación fortuita: la amante finge un suicidio, el enamorado la cree muerta y se mata, y entonces ella, al despertar, se suicida de verdad. (Perdón por el espoiler).

Si Julieta hubiese tenido teléfono móvil, le habría escrito un mensajito de texto a Romeo en el capítulo seis:
M HGO LA MUERTA , PERO NO TOY MUERTA. NO T PRCUPES NI HGAS IDIOTCS. BSO.

Y todo el grandísimo problemón dramático de los capítulos siguientes se habría evaporado. Las últimas cuarenta páginas de la obra no tendrían gollete, no se hubieran escrito nunca, si en la Verona del siglo catorce hubiera existido la promoción ‘Banda ancha móvil’ de Movistar.
Muchas obras importantes, además, habrían tenido que cambiar su nombre por otros más adecuados.

La tecnología, por ejemplo, habría desterrado por completo la soledad en Macondo y entonces la novela de García Márquez se llamaría ‘Cien años sin conexión’: narraría las aventuras de una familia en donde todos tienen el mismo nick (buendia23, a.buendia, aureliano_goodmornig) pero a nadie le funciona el Messenger.

La famosa novela de James M. Cain -‘El cartero llama dos veces’- escrita en 1934 y llevada más tarde al cine, se llamaría ‘El gmail me duplica los correos entrantes’ y versaría sobre un marido cornudo que descubre (leyendo el historial de chat de su esposa) el romance de la joven adúltera con un forastero de malvivir.

Samuel Beckett habría tenido que cambiar el nombre de su famosa tragicomedia en dos actos por un título más acorde a los avances técnicos. Por ejemplo, ‘Godot tiene el teléfono apagado o está fuera del área de cobertura’, la historia de dos hombres que esperan, en un páramo, la llegada de un tercero que no aparece nunca o que se quedó sin saldo.

En la obra ‘El jotapegé de Dorian Grey’, Oscar Wilde contaría la historia de un joven que se mantiene siempre lozano y sin arrugas, en virtud a un pacto con Adobe Photoshop, mientras que en la carpeta Images de su teléfono una foto de su rostro se pixela sin remedio, paulatinamente, hasta perder definición.

La bruja del clásico Blancanieves no consultaría todas las noches al espejo sobre ‘quién es la mujer más bella del mundo’, porque el coste por llamada del oráculo sería de 1,90 la conexión y 0,60 el minuto; se contentaría con preguntarlo una o dos veces al mes. Y al final se cansaría.

También nosotros nos cansaríamos, nos aburriríamos, con estas historias de solución automática. Todas las intrigas, los secretos y los destiempos de la literatura (los grandes obstáculos que siempre generaron las grandes tramas) fracasarían en la era de la telefonía móvil y del wifi.

Todo ese maravilloso cine romántico en el que, al final, el muchacho corre como loco por la ciudad, a contra reloj, porque su amada está a punto de tomar un avión, se soluciona hoy con un SMS de cuatro líneas.

Ya no hay ese apuro cursi, ese remordimiento, aquella explicación que nunca llega; no hay que detener a los aviones ni cruzar los mares. No hay que dejar bolitas de pan en el bosque para recordar el camino de regreso a casa. La telefonía inalámbrica -vino a decirme anoche Nina , sin querer- nos va a entorpecer las historias que contemos de ahora en adelante. Las hará más tristes, menos sosegadas, mucho más predecibles.

Y me pregunto, ¿no estará acaso ocurriendo lo mismo con la vida real, no estaremos privándonos de aventuras novelescas por culpa de la conexión permanente? ¿Alguno de nosotros, alguna vez, correrá desesperado al aeropuerto para decirle a la mujer que ama que no suba a ese avión, que la vida es aquí y ahora?

No. Le enviaremos un mensaje de texto lastimoso, un mensaje breve desde el sofá. Cuatro líneas con mayúsculas. Quizá le haremos una llamada perdida, y cruzaremos los dedos para que ella, la mujer amada, no tenga su telefonito en modo vibrador.

¿Para qué hacer el esfuerzo de vivir al borde de la aventura, si algo siempre nos va a interrumpir la incertidumbre? Una llamada a tiempo, un mensaje binario, una alarma.

Nuestro cielo ya está infectado de señales y secretos: cuidado que el duque está yendo allí para matarte, ojo que la manzana está envenenada, no vuelvo esta noche a casa porque he bebido, si le das un beso a la muchacha se despierta y te ama. Papá, ven a buscarnos que unos pájaros se han comido las migas de pan.

Nuestras tramas están perdiendo el brillo -las escritas, las vividas, incluso las imaginadas- porque nos hemos convertido en héroes perezosos.

La historia interminable

La pasión de Bastián Baltasar Bux eran los libros.

Quien no haya pasado nunca tardes enteras delante de un libro, con las orejas ardiéndole y el pelo caído por la cara, leyendo y leyendo, olvidado del mundo y sin darse cuenta de que tenía hambre o se estaba quedando helado…

Quien nunca haya leído en secreto a la luz de una linterna, bajo la manta, porque Papá o Mamá o alguna otra persona solícita le ha apagado la luz con el argumento bien intencionado de que tiene que dormir, porque mañana hay que levantarse tempranito…

Quien nunca haya llorado abierta o disimuladamente lágrimas amargas, porque una historia maravillosa acababa y había que decir adiós a personajes con los que había corrido tantas aventuras, a los que quería y admiraba, por los que había temido y rezado, y sin cuya compañía la vida le parecería vacía y sin sentido…

Quien no conozca todo eso por propia experiencia, no podrá comprender probablemente lo que Bastián hizo entonces.

 

Michael Ende, La historia interminable

Leer aquí el libro completo

 Seth Tompson niña leyendo

La tarde del café

Hoy Caffè Latte cumple dos años y he escrito un relato. Pero no lo vais a leer. Lo vais a escuchar. (Pincha en el enlace de abajo)

La tarde del café

Gracias a Morgana por la idea, y a David por su voz.

El Negocio

Tengo que confesarlo.

Ayer estaba tranquilamente en mi casa viendo el fútbol, cuando llamó al timbre. Se identificó como ‘comercial’, algo que ya me mosqueó pensando que los domingos éstos no trabajan. Y menos una tarde de domingo Barça-Madrid. Para atajar posibles malentendidos, me apresuré a decirle que a mí también me afectaba la crisis y no estaba interesada en comprar nada. De piedra me quedé cuando respondió que lo que él hacía en realidad no era vender, sino comprar. O, mejor dicho. negociar.

La curiosidad mató al gato, y en cada una de sus seis siguientes vidas, la curiosidad lo volvió a matar. Aún a riesgo de convertirme en el dichoso gato, ¡a la mierda el fútbol! invité al extraño a pasar y tomar asiento en mi sofá. Su aspecto no era especialmente llamativo, vestía un traje oscuro con corbata roja y se cubría del frío con una gabardina negra. En lugar del típico maletín que os podíais imaginar, mi improvisado invitado llevaba una carpeta llena de papeles.

Como si del genio de la lámpara se tratara, me pidió que formulara 3 deseos. Un traslado en el tiempo y en el espacio, reunir a TODOS mis seres queridos, los que están y los que ya no están, y eliminar el dolor. El comercial sacó unos documentos y me dijo que con una firma tendría todo lo que había pedido. Y como bien había asegurado al principio, no se trataba de una venta, sino de un pago por algo que yo tenía y él quería. Sólo pretendía una cosa: mi alma.

Observé el papel con actitud escéptica, era un contrato extraño, pero aparentemente inofensivo. El texto rezaba que el hombre compraba mi alma a cambio de mis 3 deseos. ¿Qué tenía yo que perder? Eso del alma es algo intangible, abstracto y utópico. Nada más que una palabra. Vale, firmo.

A continuación de mi rúbrica, el negociante estampó un sello y escribió su nombre. Se guardó el documento original y me dio la copia, que me dejó blanca al leer su identificación como Lucifer.

Yo confieso que no sé muy bien dónde estoy. Confieso también que no sé cuándo estoy. Que tengo la mejor compañía del mundo. Que ha desaparecido cualquier rastro de dolor. Yo confieso que he vendido mi alma al diablo, y que soy feliz.