Circunstancias

Una parte del mundo en mi mano

“Las personas siempre culpan a las circunstancias de lo que son.

Yo no creo en las circunstancias.

La gente que avanza en este mundo es la que persigue y busca las circunstancias que desea y, si no las encuentra, las crea.”

George Bernard Shaw

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Le gustaba leer

De niño, vivía inmerso en un mundo de fantasía e imaginación. Cuando aún no sabía leer, se sentaba por las tardes entretenido escuchando los relatos que le regalaba su abuelo.

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(Monumento al Maestro junto a la Catedral de Palencia. Escultura de Rafael Cordero.)

Apenas había cumplido los 4 años cuando ya era capaz de juntar las letras y darles sentido. Devoraba los cuentos infantiles, y las horas se le pasaban rápidamente con un libro entre sus manos. Absorbía palabras e historias, y con cada página se trasladaba a un mundo paralelo y aprendía nuevas formas de vida, mientras leía. La cantidad de obras que fue conociendo a lo largo de los años se iban acumulando en interminables estanterías que adornaban la pared de su casa. La biblioteca, su paraíso; los autores de los libros, sus mejores amigos; las palabras, su herramienta; y la vista, su bien más preciado.

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Era contrario a la literatura llevada al cine, pensaba que la magia de la palabra escrita se perdía de camino a la pantalla. Un tipo solitario, que nunca formó una familia ni le gustó la presencia de la gente. Su trabajo como bibliotecario le permitía pasar la mayor parte de su tiempo en compañía de los libros, en un ambiente de oscuridad y silencio que le aislaba del mundo exterior. Sabía más de la historia pasada que de los acontecimientos de actualidad, porque éstos aún no constaban en los libros.

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Se le podía considerar un hombre sabio, por todos los conocimientos que había adquirido a lo largo de su vida. Cuando la vejez llamó a su puerta, de lo primero que se apropió fue de su vista. Tantos años forzando para poder leer con la mínima iluminación le pasaron factura. Pero su memoria aún retenía todas esas historias y sus personajes, las diferentes épocas y lugares que le habían acompañado desde niño. Evocando sus recuerdos, con los ojos vacíos de luz, pasó sus últimos días. Y así murió, solo, rodeado de libros, y sin ningún ser en el mundo que algún día hubiera sentido aprecio por él.

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Había recurrido siempre a un gran maestro, el Señor Libro, pero olvidó las enseñanzas de vida que le podía haber mostrado el Señor Calle. Por eso, su existencia no fue plena…

Odio la sopa

Si os hablo de Joaquín Salvador Lavado, muchos de vosotros seguramente no sabréis quién es este señor. Pero si os digo Quino, ya os resulta más familiar, ¿verdad? Sí, el mismo Quino creador de Mafalda, y de tantas viñetas de humor satírico que han dado la vuelta al mundo.

El ‘padre’ de Mafalda es hijo de inmigrantes andaluces, y nació en 1932 en la ciudad argentina de Mendoza. Su vocación de dibujante le vino de su tío tocayo Joaquín Tejón, que le inculcó su pasión desde bien pequeñito.

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En 1945 se inscribió en la Escuela de Bellas Artes, pero cuatro años después se cansó de las disciplinas que se impartían allí y lo dejó. Lo que a Quino le gustaba era dibujar historietas y humor.

En 1950 vendió su primera historieta para una tienda de sedería. Pero ese capítulo es algo de lo que Quino quizá se avergüenza, sin embargo, el día que vendió su primera página de humor gráfico para el semanario ‘Esto es’, lo considera como el día más feliz de su vida.

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A partir de ahí todo han sido éxitos y publicaciones para el artista. En 1963 vio la luz su primer libro de humor gráfico llamado ‘Mundo Quino’. En 1972, se publica el segundo, titulado ‘A mí no me grite’, y al año siguiente el tercero, ‘Yo que usted’.

Los dibujos e ideas de Quino fueron llevados a la pantalla por primera vez en 1984 en una serie de cortometrajes llamada ‘Quinoscopios’, dirigidos por Juan Padrón. En el 2001 sale a la luz una recopilación de más de 500 páginas con los mejores trabajos de humor gráfico.

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Su personaje más conocido es Mafalda, esa niña bajita y morena que odia la sopa y que tiene como ‘mascota’ una bola del mundo. Nació en 1963 como parte de una campaña publicitaria de electrodomésticos que nunca se llegó a realizar, y en la que se pedía una familia media en la que un personaje tuviera dos letras de la marca: M y A. Y así se bautizó a Mafalda, un nombre de mujer bastante común en Portugal.

Al año siguiente se publican 3 tiras de Mafalda en un suplemento de humor, y más tarde se convierte en una publicación fija en el periódico ‘Primera Plana’. Pronto la niña rebelde empieza a tener más adeptos, y un libro llamado ‘Mafalda la contestataria’ recopila las primeras tiras en orden de publicación. A partir de ahí todo son éxitos, en 1967 se publica el segundo libro, ‘Así es la cosa’, y luego ‘Mafalda 3’, ‘Mafalda 4’, y así sucesivamente hasta ‘Mafalda 10’.

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En 1968 es cuando personaje desembarca en Europa, y a España llega en 1970. La censura del gobierno franquista obliga a que en la tapa del libro se coloque una franja que dice “para adultos”.

Mafalda cobró vida en 1971, con la realización de una serie de cortometrajes basados en la historieta de Quino. En 1981 Mafalda llegó al cine en su primer largometraje, ‘Mafalda, la Película’. En 1993, en España se producen 104 episodios de un minuto de duración.

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A esas alturas la niña contestataria ya se había hecho un hueco en la sociedad, convirtiéndose en hija predilecta del pueblo argentino, donde se ubica la Plaza Mafalda, en el barrio de Colegiales de Buenos Aires.

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En la página web de Quino se le realiza una entrevista para conocer el proceso de nacimiento de sus dibujos.

¿Cómo te viene la idea?
Si lo supiera sería el hombre más feliz del mundo. […] yo no puedo programar las ideas que me vendrán en mente.

A veces leo alguna noticia que me enfada y entonces creo algo sobre el tema para quitarme la rabia. O, si escucho un disco, una canción de un cantante que gusta a la gente, me pregunto por qué gusta a la gente. Y después dibujo algo que no tiene nada que ver, ni con el cantante ni con su canción. Pero quizás la idea ha nacido de ahí.

¿Cuando comienzas sabes ya cuál será el resultado final?
Nunca. Soy uno que mientras dibuja una página o un boceto piensa el modo de hacerlo. Me siento poco organizado como dibujante. Sé que tengo buenas ideas, a veces complicadas. Pero la parte gráfica me hace sentir mal conmigo mismo. No aprendo lo suficiente y tengo que hacer un montón de pruebas.

¿Intentas ayudar la fantasía? ¿Te documentas de alguna manera?
Sí. Cuando comencé a publicar en Argentina dibujé un matador. Había matado el toro y tenia la montera puesta. Error. Un lector protestó. La montera se ofrece a un personaje del público antes de matar el toro. Por eso el matador no podía tener la montera puesta…

En otra ocasión, un alemán me hizo notar que había puesto un peinado del siglo XVI con un vestido del siglo XVIII. Equivocado. Hay que documentarse. ¿Ayudo la fantasía? Yo tengo el problema de soñar muchísimo. Tengo sueños bellísimos y pesadillas interesantes, por desgracia son pesadillas. En conclusión me he dado cuenta que tengo mas fantasía despierto. Esto me irrita. De todas formas intento ayudarme escuchando música, yendo al cine… Creo que si creas junto a los demás, sin que uno sepa del otro, el resultado es un enriquecimiento recíproco, como en una tribu.

Y es que Quino tiene una manera muy particular de ver la vida…

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Historia de aquel extraño Carnaval

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Hoy voy a rescatar del archivo una historia de homenaje a estas fiestas que presenté en un concurso literario en primero de bachillerato, y con el que llegué al podio. Las bases eran simples: el relato tenía que estar ambientado en Aguilar de Campoo, la localidad donde estaba el instituto, y debía transcurrir en Carnaval. Ahí vamos.

Era viernes y ese fin de semana iba a ser largo. ¡Por fin llegaba el puente de Carnaval! Esa tarde nos íbamos a reunir en el local de Óscar para preparar la fiesta del sábado y terminar los detalles de los trajes. Nos disfrazaríamos de distintos animales y nos íbamos a presentar al concurso. El pasado año ganamos el segundo premio, el primero se lo llevó la pandilla de mi hermano.

Cuando terminé de comer y recoger la mesa, salí hacia el local. Me dirigía hacia allí cuando me encontré con mi hermano Dani y su amigo Javi. Intentaron que les confesara de qué nos íbamos a disfrazar, pero por supuesto, no lo hice. Javi me gustaba desde hacía tiempo, pero él no me hacía caso y siempre estaba tonteando con chicas de su edad. Yo también había estado con otros chicos, pero en realidad el que me gustaba era él. Mi hermano lo sabía y sé que se alegraría si hubiera algo entre nosotros. Me despedí de ellos, y cuando llegué al local, ya estaban allí todos menos Chus, que tenía que currar, Sergio y María. Nos imaginamos que estos últimos llegarían más tarde juntos, así que empezamos sin ellos. A mí sólo me quedaba pintar la careta, y cuando terminé, me dispuse a ayudar a los demás. Entonces llegó Sergio. -¿Dónde está María?– le pregunté. -No lo sé. Yo vengo de casa de mi abuela, creía que estaba aquí con vosotros– contestó. –Sí claro, seguro que no queréis llegar juntos para que no pensemos que os habéis enrollado -dijo Elena. Sergio sonrió.

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Estamos en fiestas de Carnaval y he quedado en el local de Óscar para terminar los disfraces con el resto de la pandilla. Voy hacia allí y me encuentro con Sergio. Él va detrás de mí y yo le sigo la corriente para que se haga ilusiones, pero a la mínima que se descuide me lío con otro y así puede que espabile de una vez y se dé cuenta de que a una tía como yo no se la lleva un ingenuo como él. ¡Anda que no es grande Aguilar y encima me tengo que encontrar con éste! -¿Adónde vas, guapa? -me dice. –Supongo que al mismo sitio que tú, cariño. –le contesto insinuándome. –Pero antes voy a tomar algo al bar de Chus. ¿Quieres venir? Lo que Sergio no sabe es que anoche me lié con Chus y había quedado a esta hora en pasar por su bar. Cuando me vea con él se le van a quitar las ganas de perseguirme. Entramos en el bar, y cuando miro a Sergio pienso que harían falta cientos de cubos para recoger la baba que se le cae al pensar que le voy a dar algo de mí. Nos sentamos en una mesa y hablamos un rato. De repente nos quedamos callados, él se acerca y me besa. Dentro de mí se mezclan una multitud de sensaciones. Retiro mis labios de los suyos y al girarme me encuentro con la furiosa mirada de Chus, pero sus ojos no me miran a mí, sino que están clavados en Sergio, que recibe un puñetazo. No sé por qué, pero ahora ya no me importa Chus. Me lío con él una noche, y ya da por supuesto que soy suya. Salgo en defensa de Sergio, y Chus no se lo toma precisamente bien, pero la gente del bar ya ha puesto toda su atención en la pelea, así que vuelve a la barra y actúa como si no hubiera ocurrido nada. Nos quedamos Sergio y yo solos. Él está asustado, se disculpa y se va al local. Yo me quedo terminando la copa.

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Anoche me enrollé con María, una chica impresionante a la que casi todos los tíos de Aguilar deseaban. Yo estaba en una nube y no quería bajar de ella. Pero cuando salí al bar a la hora que habíamos quedado y me la encontré morreándose con Sergio, me sentí fatal, y a mí nadie me toma por lo que no soy. Sólo tenía ganas de acabar con él, se suponía que era mi amigo. Le di un puñetazo, pero no me quedé a gusto. Como llamábamos la atención de la clientela, me quedé con las ganas y me puse a trabajar. Sergio se marchó y María se quedó pensativa en la mesa. Lo que más me había jodido de todo esto era que ella había salido a favor de Sergio. No me lo esperaba de una tía como ella. Cuando la gente se fue del bar y cerré, nos quedamos hablando. No me creía lo que me estaba contando. ¡Se había enamorado de Sergio! Eso pudo con mi paciencia. Comencé a gritarle lo mal que me sentía. Ella me dijo que era un pringado, y no había sido para ella nada más que un rollo de una noche. Ya no aguanté más.

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Cuando Chus cierra el bar, nos quedamos intentando aclarar lo ocurrido. Pero a medida que hablamos, me doy cuenta de que siento algo más que pena hacia Sergio. Lo de anoche con Chus estuvo bien, pero no fue nada importante, como me suele pasar con muchos otros. Pero esta vez con Sergio era diferente. Me había besado por sorpresa y los sentimientos se entremezclaban dentro de mí. ¿Para qué engañar a Chus? Decido contarle todo lo que siento, pero su reacción no es la que me esperaba. Se pone furioso y empieza a gritarme. No soporto que me voceen, así que lo insulto y le suelto la cruda realidad, que le sienta como una patada. Entonces se da la vuelta y coge un cuchillo de la mesa. Se dirige hacia mí con expresión desencajada. Yo me quedo paralizada y mi vida pasa ante mí en sólo dos segundos. Siento un agudo dolor en el costado y luego en el pecho. Todo se acabó.

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¿Qué había hecho? Estaba asustado, me había dejado llevar por los nervios del momento y ella ya estaba muerta. ¡Dios, había matado a María! No podía pensar, todo se me había ido de las manos. Cuando me di cuenta de la situación, mi mente empezó a maquinar miles de cosas. Nadie podía enterarse de esto, mi vida se echaría a perder. Pero esta era la ocasión de vengarme de Sergio, puesto que estaba claro que de ella ya me había vengado. Recogí el cadáver y borré todas las huellas. Escondí el cuchillo en el trastero y metí el cuerpo en una bolsa que deposité en el contenedor que había en la esquina. Luego llamé a la policía y declaré que había encontrado el cadáver de María cuando iba a tirar la basura. Expliqué que Sergio estaba enfadado con ella por su aventura de la noche anterior, y yo les había visto juntos por última vez. De esta manera, la policía tendría a Sergio como el presunto asesino. Al fin Sergio tendría su merecido y a mí nunca me descubrirían. De la noche a la mañana me había convertido en un asesino y estaba haciendo planes como si fuera algo habitual en mi vida. Era terrible, pero había que salir de la situación. Sólo tenía dieciséis años y no podía echarlo todo por la borda. Probablemente para esa misma noche ya habrían pillado a Sergio y yo podría respirar tranquilo.

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El sábado por la noche todos estábamos muy emocionados. Habíamos quedado a las nueve en el local de Óscar para disfrazarnos y salir de marcha. A las diez, el jurado estaría en la plaza tomando nota de nuestros disfraces, y queríamos estar preparados para ganar. Ya había llegado todo el mundo menos María y Sergio. ¡Otra vez! –pensé. Al cabo de unos cinco minutos llegó Sergio. -¿No ha venido María? –preguntó. –He ido a buscarla y me han dicho que esta noche no había ido a casa, y que no sabían dónde estaba. Pensé que vendría aquí-. El caso es que nadie la había visto desde ayer a la salida del instituto. Pronto nos olvidamos del tema y salimos hacia la plaza. Cuando llegamos, María todavía no había aparecido. Conociéndola, nos habría dado plantón y estaría por ahí dándose el lote con cualquiera. Al fin apareció el jurado. Allí estaban los de la pandilla de mi hermano disfrazados de drácula. Luego fuimos al Láser. El domingo por la tarde darían los premios. De repente sonó mi móvil. Era la madre de María, estaba preocupada y quería saber si su hija estaba con nosotros. El viernes había salido de casa hacia el local de Óscar y no la había vuelto a ver. Le dije que yo tampoco la había visto y me despedí. Comenté a toda la pandilla la llamada de la madre de María, y todos coincidían en que no la habían visto. Pero Sergio estaba muy raro.

Seguimos bailando y al de una hora vino la policía, que se llevaba a Sergio a la comisaría. Les preguntamos qué ocurría, y nos dijeron que habían denunciado el asesinato de María y Sergio era el principal sospechoso. Nos quedamos petrificados, y fuimos todos con Sergio para aclarar el asunto. Él estaba asustado y no podía decir ni palabra. ¿María muerta? ¿Y Sergio la había matado? Era increíble, pero no imposible. Al fin y al cabo, Sergio estaba muy raro desde el viernes por la tarde, justo cuando a María se la vio por última vez. La verdad es que todo encajaba, a pesar de que nadie se lo podía creer. Llegaron los padres de María e intentaron linchar a Sergio. Estaban desesperados, y supuestamente ese era el asesino de su hija. Pero un policía se llevó a Sergio. Nosotros nos fuimos, teníamos que hacer algo para sacarlo de allí. Chus nos dijo que todo encajaba: el viernes por la tarde, María y Sergio habían estado en su bar, y se habían besado. Pero Sergio se enteró de que ella se había liado la noche anterior con Chus, y se había marchado bruscamente. María había salido detrás de él. Según Chus, ahí es donde la podía haber matado. Esa era la versión de Chus, pero… ¿por qué no nos lo había contado antes? A Sergio le dejaron salir pronto. No se podía creer lo que estaba pasando. Me miró con cara de preocupación y me dijo que teníamos que hablar. Me dispuse a escucharle pero Dani me interrumpió. –Javi me ha dicho que estás muy guapa de tigresa. –Déjame en paz, sabes que no hay nada que hacer –le solté. –Bueno, luego no digas que no te avisé –y diciendo esto, se fue. Ignoré su comentario y di por hecho que me estaba tomando el pelo. Tenía cosas más importantes en las que pensar. Sergio y yo nos fuimos a dar una vuelta mientras hablábamos. Cuando caminábamos, pasamos delante de Javi y unos amigos. Les saludamos y seguimos nuestro camino. Javi no dejaba de mirarnos. Bueno, puede que mi hermano tuviera razón y hubiera posibilidades.

Sergio me contó que él sí había visto a María. La había besado en el bar de Chus, y éste se había enfurecido. Sergio la dejó en el bar y ya no la había visto más. El que le había denunciado era Chus. Eso que Sergio me estaba contando ponía a Chus en el punto de mira. ¡Él había matado a María! Nos volvimos a reunir con la pandilla y empecé a pensar. Puede que en el bar hubiera alguna pista sobre María, pero no podía ir sola. ¿Quién me podía acompañar? Nadie de la pandilla, mejor alguien mayor, por lo que pudiera pasar. Dani no, si me equivocaba me dejaría en ridículo. Javi… sí, Javi. Fui a buscarle y le conté toda la historia. No dudó un momento en acompañarme. Entramos en el bar por una ventana rota, mi corazón estaba a mil, y podía oír cómo latía el suyo también. Recorrimos el bar entero, pero no encontrábamos nada. Al final, en el trastero descubrimos un paño empapado de sangre que envolvía un cuchillo. Era la prueba que demostraba que Chus era el asesino. Llamamos a la policía, y el resto de la noche nos la pasamos en la comisaría contando lo sucedido. Se pudo probar que Chus era el asesino, y así Sergio quedaba libre de toda culpa. ¡Dios mío, cómo había cambiado todo en un solo día! Dani fue a buscarnos a Javi y a mí, y nos fuimos a desayunar a un bar. Mi hermano se quedó alucinado con lo que le contamos. Nos quedamos toda la mañana en el bar, y luego él se fue a comer a casa, con lo que Javi y yo nos quedamos solos hablando de lo que había ocurrido. Por la tarde fuimos a la entrega de premios y allí nos reunimos todos de nuevo. El ambiente era triste, María estaba muerta, Sergio destrozado y Chus detenido. Empezaban a dar los premios. El primero le volvió a conseguir el grupo de mi hermano, y el segundo, nosotros. Entonces, Javi vino hacia mí y nos fundimos en un largo beso, dejando atrás aquel extraño Carnaval que, sin duda, sería inolvidable.

Ahora ya ha pasado un año de todo eso, y ninguno de nosotros ha vuelto a ser el mismo. Sergio se lía cada día con una, no admite la muerte de María, que era su verdadero amor, según él. Chus está en un correccional de menores, y dentro de un año lo juzgarán por asesinato, y lo más seguro es que le caigan unos cuantos años. Dani aprobó por fin la selectividad y le dio la nota para hacer una carrera en León. Todavía sigue empeñado en que Javi y yo estamos hechos el uno para el otro. Nosotros estuvimos saliendo durante dos meses, pero no salió como esperábamos. Ahora es mi mejor amigo, y prácticamente cada vez que nos vemos, nos enrollamos, sin ningún tipo de compromiso. ¿No es eso mejor que mantener una relación seria en la que predominan los celos? Sí, nuestras vidas han cambiado en un año, pero estoy segura de que nadie olvidará la historia de aquel extraño Carnaval.

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Imágenes: Monasterio de Santa María La Real, actualmente Instituto público de Educación Secundaria y Bachillerato.

Queridos Reyes Magos:

Tenía cinco años y las ilusiones aún intactas. Mis preocupaciones se limitaban a no salirme de la raya en los dibujos o si la niña que se sentaba a mi lado en la clase de lectura me “ajuntaba” para jugar a la pelota en el recreo.

Cuando pasaba el verano, la publicidad televisiva nos bombardeaba con los anuncios de los juguetes más deseados de los cuales las existencias estaban agotadas. Intentaba conseguir los catálogos donde aparecían imágenes sobrevaloradas de los productos que yo tenía que desear. Con una pintura bien visible, comenzaba a marcar indiscriminadamente cada uno de los artículos que pensaba añadir a la carta de los Reyes Magos. A veces me daba vergüenza mi propia avaricia, y más por insistencia de mis padres que por la propia iniciativa, reducía la larga lista de peticiones a un regalo por cada Rey.

Así que elegía los dos más grandes y vistosos del catálogo para pedírselos a Melchor y Gaspar, y como Baltasar era negro, y puestos a sincerarme, buena, lo que se dice buena, no había sido, daba por sentado el carbón de su parte. También es verdad que con cinco años nunca había oído la palabra “racismo”.

Aún así, con esos sentimientos de culpabilidad que me había creado mi avaricia inicial, esperaba la tan ansiada noche del 5 al 6 de enero con gran ilusión. Me iba a dormir más temprano que los otros días de vacaciones. Era imposible conciliar el sueño, pensando en los regalos que al día siguiente tendría en mis manos, los minutos me parecían horas. El ruido que hacía mi abuela al poner carbón en la estufa, esa noche se escapaba de lo habitual, y con esa sensación me quedaba roque.

Al despertar a la mañana siguiente, lo primero que pensaba era que los Reyes eran la hostia. Primero, porque había tenido un extraño sueño, casi real, en el que Melchor había salido de debajo de mi cama, Baltasar había entrado por la ventana y Gaspar había salido del armario (con cinco años tampoco sabía lo que esto significaba). Lo segundo, era que yo había dejado mis zapatos en el hall, y sus majestades se habían molestado en subirlos al pasillo. Y lo que ya era la repera, es que en el pasillo estaban también los juguetes de grandes dimensiones que yo había pedido en mi carta: una bicicleta rosa más grande que yo, y una cocinita con la que aprendía a cocinar de mentira, por eso actualmente no soy capaz de elaborar grandes platos. Y claro, una pequeñita bolsa de carbón con la que Baltasar se encargaba de recordarme que aún podía portarme mejor en ese año.

Con seis años, alguien en el cole me dijo que los Reyes son los padres. Yo, con mi tierna inocencia, refutaba la teoría porque “los padres son dos, y los Reyes son tres”. Descubriendo el entramado, me enteré de otro par de cosas que se supone que los niños no deben saber, pero por si acaso mis padres dejaban de comprarme regalitos, me callé la boca.

Pasando los años, fuimos perdiendo la tradición, ya sea por dejadez o por falta de fe. En una ocasión, no hace muchos años, en un arranque de inspiración, me dejé “por error” un par de zapatos en la entrada de casa. Por la mañana, frente a la puerta de la habitación, estaba uno de mis zapatos. Y con él, un montón de calzado sin pareja.

Zapatos

¿A vosotros qué os han traído los Reyes Magos este año?

Historia sobre una foto

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“Hace unos años, yo era un Señor. Cada mañana me enfundaba mi traje, me anudaba la corbata, y me dirigía a la oficina en un Mercedes negro. Por las tardes, recogía a mis hijas del colegio y jugábamos en el parque hasta que mi esposa venía a buscarnos. Los domingos me iba con mis amigos al bar, o a ver algún partido, o a practicar deporte. Tenía muchos amigos, y pasábamos muy buenos ratos juntos. En vacaciones, íbamos al poblado donde nací, en el sur del país, a la casa de mis padres.

Siempre me han gustado las tecnologías, Mi empresa de telecomunicaciones era una de las más conocidas de mi país, y había prosperado mucho desde que me trasladé a Kabul. Sí, era un Señor.

Desde 1978, Afganistán estaba inmersa en una interminable guerra de la que todos sacaban beneficios menos los propios habitantes del país. Pero yo era feliz con mi vida, con mi familia y con mi trabajo. Hasta que en 1992 llegaron los extremistas islamistas y arrasaron con todo. Me dejaron sin casa, sin familia, y sin nada, destruyeron mi vida. Huí como pude de aquel infierno en el que se había convertido Kabul, y tras pasar muchas penurias, llegué a España.

Aquí sobrevivo como puedo, gracias a la caridad de las personas. Esta mañana, todas las portadas de los periódicos que había en el kiosko hablaban de una gran crisis. Y yo pienso ¿qué crisis? ¿sabrá ese señor de ahí, que me está sacando una foto, lo que es una crisis de verdad? Si se acerca se lo cuento…”

El casting de Buscando a Nemo

Nemo

Había una vez  dos peces. Dos peces solos, tristes, y sin ningún objetivo en sus vidas. Su rutina consistía en vagar aburridos entre las anémonas. No se relacionaban con el resto de peces porque les avergonzaba su condición de “payasos”. Su tedio se reflejaba en sus miradas opacas. No tenían nada que contarse, puesto que ya lo sabían todo el uno del otro, pasando juntos las 24 horas del día.

Un día, vieron un cartel llamativo: “EL VIERNES, CUANDO LA CLARIDAD LLEGUE AL FONDO DEL MAR, TENDRÁS LA OPORTUNIDAD DE DAR UN GIRO A TU VIDA. ACUDE A LA ANÉMONA Nº5 Y NO TE ARREPENTIRÁS”

Los dos amigos se miraron entusiasmados. ¡Por fin había algo diferente en su mundo! Ese mismo viernes, toda la fauna del fondo del mar se congregó junto a la anémona nº5. Nadie sabía lo que les esperaba, pero todos estaban impacientes por dar un giro a sus vidas. De repente vieron llegar desde la superficie unas sombras que cada vez se acercaban más. Unos hombres vestidos de buzo les contaron que el esperado acontecimiento se trataba ni más ni menos que de un casting para la nueva película de Disney. Enseguida se empezaron a oír murmullos, y es que ¿quién no había soñado con ser artista alguna vez?

Los hombres de buzo llevaban cámaras y micrófonos para realizar las pruebas pertinentes y escoger a los mejores para protagonizar la película. Tras horas de guiones y ensayos, ya habían decidido, pero tenían una condición para los elegidos: tendrían que viajar muy lejos, y empezar una nueva vida en otra parte, nunca más volverían allí. Seguro que han visto en la gran pantalla a nuestros dos pececitos tristes y aburridos. En esta ocasión, hicieron el papel de sus vidas. Yo los veo todas las mañanas encerrados en un recipiente de cristal, dando vueltas sin rumbo, porque no tienen un rumbo que seguir. Ellos ya tuvieron su momento de gloria.