Convertir sus lágrimas en carcajadas

Hoy voy a escribir sobre un tema del que me cuesta mucho hablar con la gente que no conozco, pero que veo conveniente y necesario si al menos puedo conseguir mi objetivo. Este objetivo lo contaré al final.

La razón de no haber hablado antes de esto es porque no me gusta que me prejuzguen, ni para bien ni para mal. SOY VOLUNTARIA DE CRUZ ROJA. Y la mayoría de las personas que se enteran de ello sin conocerme, piensan: “oh, ¡qué buena persona!”. Pues ya voy a dejar claro desde este momento que no, no soy una buena persona y el hecho de ser voluntaria tampoco me hace mejor.

Hace 3 años que estoy metida en este ‘lío’, motivada por las ganas de conocer gente que me aporte valor, hacer actividades diferentes que me sacaran de la rutina, aprender a potenciar algunas de mis aptitudes y, de paso, poder ayudar a personas que lo necesitan.

He participado en proyectos de inmigración, reparto de alimentos, e infancia, aunque en el que más tiempo he estado ha sido en el de los niños, concretamente dos años. Ahora que tengo que dejarlo por un cambio de ciudad, repaso esta experiencia con cariño.

No me gustan los niños.

Es así, no me gustan los niños. Son entretenidos para un rato, pero a la larga resultan pesados, caprichosos, chillones y con un montón de ‘por qués’ con los que complicarte la vida. Así que cuando me propusieron esta iniciativa me enfrenté a ella como un reto personal, para conocer mejor a esas criaturitas a los que había que dar de merendar, ayudarles con los deberes y entretenerles un rato.

Empecé con cierto miedo, no lo voy a negar. Cuando yo entré ya llevaba unas semanas iniciado el proyecto y mis compañeras tenían la situación dominada. Tenía que aprenderme más de 20 nombres, la mayoría de los cuales no había oído en mi vida. No tardé en perder ese miedo cuando me dieron el primer abrazo y el primer dibujo dedicado con un “te quiero mucho”.

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Durante estos dos años he aprendido que para un niño es muy sencillo dar amor y agradecerte simplemente que estés ahí, que con ellos se puede dialogar incluso mejor que con muchos adultos, y que todo tiene solución, incluso mi agonía con las matemáticas. También he aprendido a enseñar, a disfrutar del sentido del humor de los más pequeños, a escucharles y detectar sus problemas, a controlar situaciones de tensión y a convertir sus lágrimas en carcajadas.

Gracias a mis compañeras y compañero fue todo mucho más fácil desde el principio y pronto formamos una pequeña familia con una veintena de niños a nuestro cargo durante unas horas a la semana. Voy a echar muchísimo de menos a todos, pero toca emprender nueva etapa en un nuevo destino. No pretendo desvincularme de Cruz Roja, allá donde vaya seguramente tendrán algún proyecto que se adapte a mis intereses.

Y aquí es donde llegamos al objetivo.

El objetivo de todo esto que te he contado es que seas mejor persona. JAJA. No, ahora en serio, puedes seguir siendo el mismo cabrón de siempre, pero si entras a formar parte del voluntariado de Cruz Roja solucionarás la vida de mucha gente, incluso la tuya.

Te digo Cruz Roja porque cuando me planteé colaborar con una ONG estuve investigando varias y es la que más se ajusta a lo que yo buscaba, pero puedes mirar la que más te guste o la que más cerca tienes. Eso sí, infórmate bien antes de comprometerte con nada. Cuanto más alejada esté la organización de los intereses de la Iglesia, mejor. La ayuda humanitaria no entiende ni debería entender nunca de religiones.

Si contando mi experiencia he conseguido que sientas el impulso de formar parte de una ONG, entonces… OBJETIVO CUMPLIDO. No te pongas límites, eres válido para ayudar, busca la asamblea más cercana a tu casa o entra en Cruz Roja Voluntariado, allí te indicarán los pasos a seguir para entrar en el proyecto que más se adapte a ti. Sólo necesitas ganas, motivación y compromiso con la tarea o tareas que quieras asumir. Y luego, si te apetece, vienes y me lo cuentas.

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1 kg de ayuda y 2 toneladas de indiferencia

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Ayer hablaba sobre algunos aspectos del terremoto en Nepal, hoy voy a cuestionar otro aspecto que rodea a esta tragedia. Ante este y otros desastres naturales similares, la primera reacción del ‘Primer Mundo’ es enviar toneladas de ayuda humanitaria para cubrir las necesidades básicas de los supervivientes y que puedan rehacer sus vidas cuanto antes. Está por ver que esa ayuda llegue realmente a sus destinatarios y que realmente sirva de algo, pero algunos le ponen toda la buena intención.

Nos echamos las manos a la cabeza por la desgracia sufrida a miles de kilómetros (no siempre es cierto que los medios no hablen de ello, tened en cuenta que el 90% de las ocasiones os enteráis a través de ellos) y las campañas de las ONGs para recaudar ayuda de los ciudadanos apelan a nuestro corazoncito.

Entonces, con la frecuencia media de una vez al año / una vez en la vida, nos sentimos buenas personas porque hemos aportado nuestro granito de arena para que los pobres desgraciados de Nepal (o de donde sean) tengan mantas para abrigarse por las noches. Y lo más importante, nos encargamos de que todos los que nos rodean online y offline se enteren de la hazaña y nos suban a un altar con palmaditas en la espalda o a golpe de RTs y ‘Me gustas’. Porque dime tú, ¿qué sentido tiene ayudar a alguien si nadie sabe que lo haces?

Solidaridad… ese concepto tan relativo que pocas veces sacamos a relucir con las personas que tenemos cerca. Nos entran más por los ojos las necesidades promocionadas por los medios que nos muestran a niños muriendo de hambre y mil enfermedades que esa familia que cada día rebusca en los contenedores de nuestro barrio y solicita unas monedas o comida a la puerta del supermercado. Será porque los pobres del primer mundo no son tan pobres.

La ayuda requiere un compromiso pero, ¿qué digo? Si no somos capaces de comprometernos ni con nuestra madre, ¿cómo vamos a ofrecer semejante valor a alguien que no conocemos de nada y encima no nos va a dejar herencia? Pues por muy mitológico que parezca, hay personas que se implican en hacer que la gente que en su propio barrio necesita ayuda pueda vivir un poco mejor. No tienen dinero para enviar comida o mantas al otro lado del mundo, pero sacan horas de debajo del despertador para ofrecer su tiempo, su esfuerzo y sus propias manos a los demás.

La finalidad de esto debería ser ayudar, no aparentar ser buenas personas. Pero de todas formas, tanto si queréis ayudar como si queréis ser buenas personas, no hace falta que os quedéis pasmados mirando la TV a ver qué anuncio os da más lástima. Acudid a las plataformas y ONGs de vuestra ciudad, pedid información y decidid qué podéis aportar y dónde encajáis mejor. Hagáis lo que hagáis, no os preocupéis tanto por lo guapos que salís en los selfies mientras estáis ayudando, presumidos de mierda.