Tocó con las manos su sueño inalcanzable

Comienzas a caminar mirando el horizonte, plenamente consciente de la inmensa curvatura de la Tierra, con energía suficiente como para seguir en marcha durante años, sin descanso. Inevitablemente te toparás con el mar en el camino, y este obstáculo no podrás salvarlo a nado. No pasa nada, siempre puedes pedir ayuda y un buen barco que te haga navegar de puerto en puerto viviendo las mejores (y también las peores) experiencias que te aporta el destino.

Habrá fuerzas que te empujen, otras que te frenen, voluntades por las cuales impedirás que accione mi gatillo, cuerdas que te mantengan pendiente de un abismo inmenso. Como nunca fue suficiente que contaras hasta 10, una vez pones el pie en tierra firme basta con que avances 20 pasos y sabrás que has encontrado tu sitio.

Todas esas horas invertidas en fabricar mil grullas de papel te han servido para algo más que para verlas volar en direcciones desconocidas. Casi echas raíces tan profundas como ese bosque en el que te encuentras, donde los árboles mueren de pie y los pájaros siempre encuentran un motivo por el que cantar. Olvídate de tus putos prejuicios y echa a volar como ellos, sabes que sólo es cuestión de principios y de tu capacidad para soñar.

Se acabó, ya nadie jugará con tu ilusión como si fuera una muñequita de trapo, estás tocando con tus manos ese sueño inalcanzable que alguien describió en el libro de quién. Esto sólo ha sido el principio, que te vaya bien de ahora en adelante y quede siempre en el recuerdo mi verano azul, nuestro verano.

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Noche

Camino sola, por una calle pobremente iluminada por la luz tenue de las farolas que hacen sus últimos esfuerzos por cumplir su misión. Acelero el paso cuando siento crujir el suelo detrás de mí, y mi oído se agudiza como si fuera un doble sentido.

Abandono el callejón y miro hacia atrás: no consigo ver a nadie, seguro que algún animal nocturno me ha asustado. Sigo caminando y observando por si me encuentro con alguien. No me gustan los desconocidos, pero reconozco su importancia para el funcionamiento del ciclo de la vida. Parece que no hay nadie a esta hora, en la que la mayoría de los mortales duermen. Sólo algún vehículo se lanza a lo largo de la avenida de doble sentido, que a primera hora de la mañana sufrirá un ruidoso atasco.

Finalmente vislumbro una persona justo al doblar la esquina. Se trata de un hombre que camina a unos 5 metros por delante de mí con paso ligero. Me detengo y lo observo en silencio: no parece peligroso. Consigo alcanzarlo y cuando estoy casi a su altura, tropiezo ‘accidentalmente’ y se vuelve para prestarme su ayuda.

Le digo que estoy bien, no sin mostrarme un poco a la defensiva. Ha debido de notarme asustada, pues el desconocido intenta tranquilizarme bromeando sobre la situación. Le confieso que me da un poco de miedo volver a casa sola de noche, porque vivo en las afueras y puede ser peligroso. Parece captar el doble sentido de mis palabras y se ofrece a acompañarme si así me siento más segura.

Paseamos en dirección a mi casa, a pesar de ser noche cerrada no hace demasiado frío. No nos cruzamos con nadie en todo el camino. Cuando llegamos a la puerta del jardín, mi amable acompañante se para en seco. Me mira, se ríe y me pide que abandone la broma. Insisto en que entre en mi casa, y le invitaré a algo. Cuando capta que no bromeo, se da media vuelta y se dispone a salir corriendo, pero ya es tarde.

Lo sujeto del brazo con una fuerza brutal y lo atraigo hacia mí. Me lanzo a su cuello, clavo mis colmillos profundamente y bebo sangre caliente. Abro la puerta del cementerio y entro en casa. Empieza a amanecer, es hora de acostarme, no tengo hambre, y sobre todo, ya no tengo miedo.

vampiresa

El Negocio

Tengo que confesarlo.

Ayer estaba tranquilamente en mi casa viendo el fútbol, cuando llamó al timbre. Se identificó como ‘comercial’, algo que ya me mosqueó pensando que los domingos éstos no trabajan. Y menos una tarde de domingo Barça-Madrid. Para atajar posibles malentendidos, me apresuré a decirle que a mí también me afectaba la crisis y no estaba interesada en comprar nada. De piedra me quedé cuando respondió que lo que él hacía en realidad no era vender, sino comprar. O, mejor dicho. negociar.

La curiosidad mató al gato, y en cada una de sus seis siguientes vidas, la curiosidad lo volvió a matar. Aún a riesgo de convertirme en el dichoso gato, ¡a la mierda el fútbol! invité al extraño a pasar y tomar asiento en mi sofá. Su aspecto no era especialmente llamativo, vestía un traje oscuro con corbata roja y se cubría del frío con una gabardina negra. En lugar del típico maletín que os podíais imaginar, mi improvisado invitado llevaba una carpeta llena de papeles.

Como si del genio de la lámpara se tratara, me pidió que formulara 3 deseos. Un traslado en el tiempo y en el espacio, reunir a TODOS mis seres queridos, los que están y los que ya no están, y eliminar el dolor. El comercial sacó unos documentos y me dijo que con una firma tendría todo lo que había pedido. Y como bien había asegurado al principio, no se trataba de una venta, sino de un pago por algo que yo tenía y él quería. Sólo pretendía una cosa: mi alma.

Observé el papel con actitud escéptica, era un contrato extraño, pero aparentemente inofensivo. El texto rezaba que el hombre compraba mi alma a cambio de mis 3 deseos. ¿Qué tenía yo que perder? Eso del alma es algo intangible, abstracto y utópico. Nada más que una palabra. Vale, firmo.

A continuación de mi rúbrica, el negociante estampó un sello y escribió su nombre. Se guardó el documento original y me dio la copia, que me dejó blanca al leer su identificación como Lucifer.

Yo confieso que no sé muy bien dónde estoy. Confieso también que no sé cuándo estoy. Que tengo la mejor compañía del mundo. Que ha desaparecido cualquier rastro de dolor. Yo confieso que he vendido mi alma al diablo, y que soy feliz.

Recuerdos en una maleta

Un buen día, me fui de viaje. El vuelo fue largo, más de 12 horas en el aire, y la estancia prometía ser muy duradera. Antes de salir de casa me aseguré de meter en la maleta todo lo indispensable para pasar unas vacaciones inolvidables.

Me divertí, por supuesto, visité gran parte de aquel inmenso país que siempre había deseado conocer. Mi teléfono móvil no dejaba de sonar con mensajitos tipo “Ché boluda, ¿cómo te va en el país del tango? A ver si me traes un regalillo”, o “Te echamos de menos por España, acuérdate de nosotros con algún souvenir guapo”. Sí, en otras circunstancias hubiera recorrido las calles de la ciudad para encontrar el recuerdo ideal para cada uno de mis amigos.

Casi todos conocemos esa sensación, de buscar y buscar y no dar con lo que queremos. Por eso, esta vez no fui a recorrer las calles de la ciudad. Me acerqué a la playa, y me senté junto a la orilla, contemplando el “mar de plata” que se extendía en el horizonte. Esta vez, sí había dado con aquello que buscaba.

Cuando llegó el día del viaje de vuelta, mis amigos me esperaban en el aeropuerto. “¡Bienvenida!” me dijeron. Y a continuación “¿qué nos has traído de Argentina?”. Les miré sonriendo, y ante sus caras de asombro, abrí mi maleta, mi única maleta…

Maleta de Arena

Fotografía de Chema Madoz